Un bolo de versiones para un 60 cumpleaños en una ciudad amurallada de Castilla y León. Unas 50 personas invitadas. La prueba ok y nos vamos a cenar al restaurante del anfitrión (pedazo de txuletones). Nos suena el teléfono una hora antes de lo previsto pidiéndonos que fuésemos ya. "Mejor, antes acabamos" -pensé-. Al volver a la finca, todos los invitados estaban vestidos de blanco riguroso. tenían la mirada un poco perdida y su forma de moverse era un poco extraña. Lo llamativo es que ninguno se salvaba. Empezamos a tocar y una mujer de mediana edad del público comienza a bailar de una forma extraña, medio danza del vientre-hip hop urbano. Se sube al escenario y comienza a restregarse contra cada uno de nosotros como si no existiese un mañana. Me toca hacer un solo y aquello atrae a la alimaña a mi persona hasta producir una situación muy embarazosa. El anfitrión se acerca y lo graba con su móvil: "es mi chica, ¿A que está buena?". Después de unos últimos espasmos como la danza del cisne, la chica se desploma en una esquina. El bolo continúa, con un público enfervorecido, que canta todo. Algunos se empiezan a subir al escenario y uno muy pesado le pide al batería que le deje tocar una de Rosendo. El batera responde que antes le deja a su mujer. El ambiente se va caldeando, pero conseguimos llegar al final sin bajas. Al anunciar el final, el cumpleañero se sube con un fajo de billetes y me dice que nos da 500€ más si tocamos otra hora. El bajista dice no, el cantante duda y yo trinco la pasta para doblar la apuesta. El tío se pone a cantar -es su fiesta- y la su chica-serpiente resucita y se pone a su lado, enroscándose en él y el músico que le pillara más cerca. Para no repetir temas, empezamos con algunas en inglés (Guns, Aerosmith) y el tío se inventa la letra o comienza a hablar en lenguas muertas -según se vea-. La hora pasa y anunciamos el final. El tío se cabrea diciendo que no ha pasado una hora, pero llevábamos 70 minutos extra. Empezamos a recoger y rogamos al cielo y al DJ que nos quitaran a la peña de encima. Aparcamos la furgo cerca para cargar, pero hay dos que no paran de sacar los amplis que metemos diciendo "falta Extremoduro, falta so-payaso". El batería dice que no toquen su instrumento o no responde de sus actos. el bajista dice "Dales en la cabeza que si no se vuelven a levantar y te muerden". "A mi no me llamas zombie" grita el más corpulento, y la situación se tensa mucho. Milgrosamente, aparece la chica-serpiente de la nada pero sin trance, nos da la pasta en un sobre, calma a los invitados y nos despide como si fuese nuestra madre "Sois fantásticos, chicos, os vamos a recomendar a todos nuestros amigos". Salimos derrapando. Yo conduzco de madrugada, todos soban y a la luz de la luna llena me pregunto si los champiñones de guarnición de los invitados que se comieron eran alucinógenos. A la mañana siguiente los billetes arrugados probaban que no había sido un sueño...
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