Corría el año 2005, más o menos, cuando nos invitaron a tocar en un festival de metal extremo en Guadalajara. Como éramos un trío y tampoco estábamos para grandes lujos logísticos, cargamos los instrumentos en el Ford Focus de la mujer del bajista y salimos temprano para aprovechar el día.
No voy a entrar demasiado en detalles en lo que hicimos antes de la prueba de sonido, pero basta decir que llegamos a la sala con una alegría etílica bastante respetable.
La anécdota viene ahora.
Estábamos en el camerino compartiendo espacio con una banda que tocaba antes que nosotros. Eran la definición exacta de “trve black metal de los fiordos del Manzanares”: tachas hasta en sitios imposibles, caras y brazos pintados, botas que podían derribar una puerta medieval y una actitud de absoluto odio hacia toda la humanidad.
En un momento dado, uno de ellos abrió lentamente una mochila negra, perfectamente a juego con sus botas de combate. Todos esperábamos algo acorde al personaje: una cadena, un cuchillo ritual, una calavera de cabra… yo qué sé.
Pero no.
El tipo sacó una bolsa enorme de chucherías rosas, la abrió con total naturalidad y se la ofreció a nuestro batería.
Mi batería, que tenía la sensibilidad diplomática de un ladrillo, lo miró completamente desconcertado y soltó:
—¿Tú no tienes vergüenza de ir por ahí haciéndote el duro y comiendo cositas rosas? Anda, toma.
Y acto seguido le ofreció una botella de whisky.
El blacker cogió la botella con solemnidad, desenroscó el tapón, llenó apenas un culín, tipo chupito de comunión, y se lo bebió despacito.
Error.
Nuestro batería lo miró casi ofendido, le arrebató la botella de las manos y dijo:
—Anda, dame, que yo te enseño.
Y, como buen profesor, se bebió directamente dos dedos largos de whisky de un trago.
No hace falta decir que el camerino entero estalló en carcajadas.
El festival estuvo bastante bien, la verdad.
Y al terminar nos fuimos de fiesta. A nuestro batería casi le pegan porque unos chavales lo confundieron con Melendi.
Pero esa ya es otra historia.
No voy a entrar demasiado en detalles en lo que hicimos antes de la prueba de sonido, pero basta decir que llegamos a la sala con una alegría etílica bastante respetable.
La anécdota viene ahora.
Estábamos en el camerino compartiendo espacio con una banda que tocaba antes que nosotros. Eran la definición exacta de “trve black metal de los fiordos del Manzanares”: tachas hasta en sitios imposibles, caras y brazos pintados, botas que podían derribar una puerta medieval y una actitud de absoluto odio hacia toda la humanidad.
En un momento dado, uno de ellos abrió lentamente una mochila negra, perfectamente a juego con sus botas de combate. Todos esperábamos algo acorde al personaje: una cadena, un cuchillo ritual, una calavera de cabra… yo qué sé.
Pero no.
El tipo sacó una bolsa enorme de chucherías rosas, la abrió con total naturalidad y se la ofreció a nuestro batería.
Mi batería, que tenía la sensibilidad diplomática de un ladrillo, lo miró completamente desconcertado y soltó:
—¿Tú no tienes vergüenza de ir por ahí haciéndote el duro y comiendo cositas rosas? Anda, toma.
Y acto seguido le ofreció una botella de whisky.
El blacker cogió la botella con solemnidad, desenroscó el tapón, llenó apenas un culín, tipo chupito de comunión, y se lo bebió despacito.
Error.
Nuestro batería lo miró casi ofendido, le arrebató la botella de las manos y dijo:
—Anda, dame, que yo te enseño.
Y, como buen profesor, se bebió directamente dos dedos largos de whisky de un trago.
No hace falta decir que el camerino entero estalló en carcajadas.
El festival estuvo bastante bien, la verdad.
Y al terminar nos fuimos de fiesta. A nuestro batería casi le pegan porque unos chavales lo confundieron con Melendi.
Pero esa ya es otra historia.
1
Responder
Citar
