Tengo mil historias, y cada una viene con su propio nivel de desastre certificado… pero esta del año pasado se lleva medalla. Y desde entonces hay norma no escrita: pandereta que aparece, pandereta que duerme en el maletero. Sin negociación.
Dúo acústico, bolo en un pueblo de Burgos. Todo pintaba tranquilo, civilizado… hasta que mi compi decide que hoy es buen día para sacar la pandereta del mal. Ojo, cantar canta increíble, pero lo de la percusión… digamos que vive en otra dimensión rítmica.
Arrancamos canción, todo en su sitio… y de repente claclaclac, entra la pandereta marcando un tempo que no estaba ni en la canción, ni en el repertorio, ni probablemente en este plano existencial. Yo la miro con cara de “esto es un crimen musical en directo”, ella me devuelve una sonrisa de villana de dibujos y deja la pandereta… mientras se descojona y sigue cantando como si nada.
Y aquí viene el giro de guion.
Una niña, pongamos de unos ocho años (o veinte, no lo sé, soy nefasto calculando edades), se queda fascinada con el instrumento prohibido. En la siguiente canción se acerca toda ilusionada y le pide a mi compi la pandereta. Error. Grave error.
Así que ahí estoy yo: tocando sin retorno, tirando de memoria, rezando a todos los santos del metrónomo… mientras a cinco centímetros de mi oído izquierdo tengo a una mini percusionista desatada dándole a la pandereta como si estuviera invocando algo.
Mi compi cantando perfecta. La niña feliz. El público encantado.
Y yo negociando internamente con mi alma para no perder el tempo, la dignidad y las ganas de huir corriendo del escenario.
Desde entonces: pandereta vista, pandereta requisada. Por la seguridad del groove… y de mi salud mental.
Dúo acústico, bolo en un pueblo de Burgos. Todo pintaba tranquilo, civilizado… hasta que mi compi decide que hoy es buen día para sacar la pandereta del mal. Ojo, cantar canta increíble, pero lo de la percusión… digamos que vive en otra dimensión rítmica.
Arrancamos canción, todo en su sitio… y de repente claclaclac, entra la pandereta marcando un tempo que no estaba ni en la canción, ni en el repertorio, ni probablemente en este plano existencial. Yo la miro con cara de “esto es un crimen musical en directo”, ella me devuelve una sonrisa de villana de dibujos y deja la pandereta… mientras se descojona y sigue cantando como si nada.
Y aquí viene el giro de guion.
Una niña, pongamos de unos ocho años (o veinte, no lo sé, soy nefasto calculando edades), se queda fascinada con el instrumento prohibido. En la siguiente canción se acerca toda ilusionada y le pide a mi compi la pandereta. Error. Grave error.
Así que ahí estoy yo: tocando sin retorno, tirando de memoria, rezando a todos los santos del metrónomo… mientras a cinco centímetros de mi oído izquierdo tengo a una mini percusionista desatada dándole a la pandereta como si estuviera invocando algo.
Mi compi cantando perfecta. La niña feliz. El público encantado.
Y yo negociando internamente con mi alma para no perder el tempo, la dignidad y las ganas de huir corriendo del escenario.
Desde entonces: pandereta vista, pandereta requisada. Por la seguridad del groove… y de mi salud mental.
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