#2120
En el concierto del Rockódromo, en la Casa de Campo, creo que por 1989, prohibió que hubiera gente en el escenario que no fuese de los Chieftains o sus músicos de apoyo. Era cuando comenzaban a colocar pantallas gigantes a cada lado del montaje en España y dejar diáfano el tablado para mejorar la visión del público y de movimiento de los artistas. Yo estaba ese día entre el público porque no íbamos a cubrirlo, delante del lado derecho. Ordenaron a un cámara del equipo de vídeo que se colocase bien escondido en ese extremo del escenario, pero, al ser diáfano, se le veía desde cualquier lado. Morrison tiró la guitarra al suelo (creo recordar que guarricaster) y se marchó un buen rato, consiguieron convencerle y salió de nuevo. En otra canción, vio al pobre cámara trabajando y le arrojó el saxo con una cara de gilipollas como pocas veces he visto; ni a Coverdale, el imbécil más idiota que parió madre, cuando le teloneó Manzano. Ahí ya me cansé de esperar a que saliese de nuevo y me fui a casa, menos mal que iba de gorra.
Al día siguiente, el de El País, comentaba lo que aconteció mientras estaba en el otro extremo de Madrid, como de costumbre; cubría hasta tres o cuatro conciertos completos con somero detalle durante la misma noche mientras le veíamos en un quinto cuchitril poniéndose de perico y alpiste hasta las cejas. La prensa libre.
En el concierto del Rockódromo, en la Casa de Campo, creo que por 1989, prohibió que hubiera gente en el escenario que no fuese de los Chieftains o sus músicos de apoyo. Era cuando comenzaban a colocar pantallas gigantes a cada lado del montaje en España y dejar diáfano el tablado para mejorar la visión del público y de movimiento de los artistas. Yo estaba ese día entre el público porque no íbamos a cubrirlo, delante del lado derecho. Ordenaron a un cámara del equipo de vídeo que se colocase bien escondido en ese extremo del escenario, pero, al ser diáfano, se le veía desde cualquier lado. Morrison tiró la guitarra al suelo (creo recordar que guarricaster) y se marchó un buen rato, consiguieron convencerle y salió de nuevo. En otra canción, vio al pobre cámara trabajando y le arrojó el saxo con una cara de gilipollas como pocas veces he visto; ni a Coverdale, el imbécil más idiota que parió madre, cuando le teloneó Manzano. Ahí ya me cansé de esperar a que saliese de nuevo y me fui a casa, menos mal que iba de gorra.
Al día siguiente, el de El País, comentaba lo que aconteció mientras estaba en el otro extremo de Madrid, como de costumbre; cubría hasta tres o cuatro conciertos completos con somero detalle durante la misma noche mientras le veíamos en un quinto cuchitril poniéndose de perico y alpiste hasta las cejas. La prensa libre.
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