#2896 Sí es curioso como buscan provocar con algo que ya casi ni existe. Lo que cuesta ver monjas....
Será que me hago viejo y cínico. Me parecen, calidad o no, ambas similares. Bueno, ya casi todo. Son un reflejo y consecuencia del agotamiento de la música, de las fórmulas de los últimos 50 años, del acceso masivo al material musical, físico y virtual, de la homogeneidad, de la sobreexplotación y devaluación de la música como mercancía por la que pagar.
Hay mucha vuelta a la nostalgia de los mayores, y la necesidad de volver a géneros antiguos y a raíces “puras” que en realidad nunca lo fueron. Mientras, a los jóvenes se les vuelve a dar lo mismo una y otra vez, lo mismo que vivimos, que no conocen por jóvenes, pero edulcorado con neones. No hay tiempo para pensar. Todo, además, bajo la amenaza de las nuevas tecnologías. El móvil en 15 segundos te da algo perfectamente listo para consumir. El escenario ha cambiado. Todo es mentira, o es neuromarketing, o es guasa, como calmante inmediato.
La aceleración da vértigo. La novedad discográfica se agota en días, aunque lleven un equipo de trabajo con un currículum descomunal, y ya las canciones funcionan a base de chutes de dopamina. Todo es nuevo y a la vez se agota en 15 segundos. Esto no dista de los vinilos y casetes oídos una y otra vez, o de las fórmulas de radio, salvo que simplemente ha mutado y se ha convertido en un monstruo optimizado de micro-recompensa, adaptado a cómo funcionamos. Siempre fue así. El bueno de Bartók se murió junto a su mítica integridad en la miseria porque le faltó el carisma, la contundencia y la concisión de los Ramones.
El factor diferencial es la velocidad.
Vivimos, por fin, en un universo eficiente de repetir y repetir imágenes y fórmulas, hasta saciar al oyente y hacerle fijarse solamente en pequeños detalles. Se está a gusto en lo que te resulta familiar. Ya hace tiempo había tanto para tirar de nicho y nostalgia que permitía fanatizarte en algún microsegmento, deshumanizando y homogeneizando todo lo demás. En algún momento algo cambió y hace que un nuevo trabajo se disuelva en minutos, por muy bueno que sea. La música es hoy eso que se oye de fondo mientras se “festivalea” para mucha juventud. Es asequible, es de saldo. Solo necesitas pasta y darle al botón para vivirlo. La única obligación es dejar la foto en Instagram que demuestre a los demás que estuviste ahí: 15 segundos de fama, aunque sea en el grupo de WhatsApp del curro.
Hemos normalizado un 20 % de sebo de vaca remezclado con magro picado como delicatessen, a 19 pavos, más caro que los langostinos en el súper. Todo a base de repetir hamburguesa en el menú del chef de prestigio, fijado en la cabeza del cliente. ¿Qué no le puede pasar a la música? Porque aquí siempre importó crear constructo, o construir el “conceto”, que decía el otro. No la música en si o la realidad de fondo. Hay que vivir la propuesta del chef friendo dos veces las patatas, en vez de unas lentejas con chorizo reposadas en tu casa, porque las segundas no dan pasta. No son “conceto”; les falta entorno y oropel. El “conceto” puede ser rockero, cantar fados o dar pena en un escenario. Da igual. Es el “conceto”, y eso es sagrado. Sacas tres de la banda de cuatro (o todos) y sigue siendo el “conceto”. No es un invento nuevo. Pero hoy hay “concetos” a doquier, incluso cientos de miles de tributos a los “concetos”. Y si hay muchos “concetos”, te aburres más rápido.
Nos rodea ya una distopía perfecta, que parece soñada por Warhol: la imagen de la silla eléctrica repetida hasta la saciedad en distintos colores, hasta hacerla tan familiar que se convierte en algo kitsch o se le quita importancia sin razón, mientras el erudito acaba fijándose solo en lo mal que está el trazo. Pero esto empezó hace muchas décadas. Solo que hoy podemos hacerlo en serie en cuatro minutos.
Menos mal que al menos queda el hilo del foro lleno de charlas interesantes, más o menos vehementes. Esperemos que Rosalia saque single y surfeemos la ola ... Antes de que una IA lo haga por ella y sea el fin del camino. O un camino infinito, plano y aburridísimo.