#3461 Vaya, nos retrotraemos a tiempos arcanos. El mejor momento Íñigo fue el careto con el que le dejó Tony Leblanc con el número del pero (manzana, en el sur). Íñigo le había estado dando la brasa para que actuase porque aún era popular aunque ya no hiciese cine ni vodevil, o lo estaba dejando, no recuerdo bien.
La cuestión era que TVE solo pagaba apariciones estelares a los enchufados en nómina virtual del régimen (esto me lo contó de adolescente el director de fonoteca de TVE, además de ser
vox populi): Luis Aguilé, Waldo de los Ríos, las folclóricas de turno, Raphael, etc. El resto de artistas acudía por la filosa, sin cobrar y en concepto de promoción gratuita. Mocedades no cobraba, pero Sergio y Estíbaliz, sí. Mari Trini.y Massiel iban cada dos por tres y no cobraban, pero Lola Flores y Marujita Díaz, sí.
"Ir a ïñigo" era una expresión equivalente a ir a la tele porque solo había dos canales y todo lo que hacía Íñigo tenía el mismo formato, pero con diferente nombre. Los cómicos aún en activo, como Lusón y Codeso o Tip y Coll y Gila o Cassen, o entrando en escena, Pajares o Esteso, y los ventrílocuos en auge tragaban porque era la mejor publicidad en aquel momento.
La cuestión era que Leblanc no era pesetero ni afecto al sistema de enchufes del régimen, pero ya estaba hasta los mengues del abuso y se escaqueaba lo que podía. Íñigo le dio un ultimátum y Leblanc perro viejo de la farándula, le dijo que llevaría un número nuevo que nunca se había visto en televisión. Íñigo lo anunció el sábado anterior desde Florida Park, en el Retiro, y Tony acudió. Lo presentó con gran cacareo popular y dijo que iba a hacer algo nunca visto en televisión pensando yo qué sé que pensaría. Ante un público expectante, Leblanc aparece en el escenario con un estuche de acústica y solo saluda. Se sienta en un taburete, abre el estuche, saca una manzana y un cuchillo, se pone a comérsela a gajos y el otro enfurece porque solo él se da cuenta de la tomadura de pelo en directo. El público permanece en silencio un buen rato porque no comprende qué está pasando y espera que suceda algo en cualquier momento o, al menos, un
grand finale inaudito. Termina de comerse la manzana e Íñigo salta y le espeta que qué hace, Leblanc le responde que algo que nunca antes se había hecho en televisión, con el aplomo que te aporta la certeza de tus actos. Los testigos del equipo (un productor de TVE era amigo de la familia) cuentan que casi se lo come en camerinos y que los gritos se escuchaban hasta en el auditorio. Leblanc fue boxeador de joven y tenía muchas tablas, pero narran que su saber estar y su reputada buena educación estuvieron a punto de desaparecer aquella noche.
Llegados hasta el final del ladrillo, os dejo la documentación audiovisual.