#538 No tan ímprobo, los puse hace años con herramientas para trastes de alpaca y fue un tostón, pero no ímprobo. Ahora se han puesto de moda de nuevo y los han dotado de un aura mágica para cobrar demasiado. Con herramientas adecuadas y el conocimiento y experiencia necesarios, lleva más tiempo, pero no tanto como para justificar trescientos euros o más. Si el luthier no compra una prensa de trastes de acero y los moldea a mazazos, es su problema; que estudie, aprenda e invierta. Porque, ese es un problema importante: cuando salen nuevos dispositivos o complementos que requieren nuevas técnicas o procedimientos de instalación, nadie sabe por ciencia infusa cómo acometer sus primeros encargos y se atreve con los instrumentos de los clientes en lugar de practicar con un leño sin propietario. En el Madrid de los ochenta, había solo dos personajes que instalaban puentes Kahler: uno era el primo o cuñado de Johnny, el dueño de Bosco, que los importaba y aprovechaba esa ausencia para hacer caja con su familiar destrozando guitarras. Cerrada no quería porque era mayor y el fresado ya se le quedaba pesado para sus manos. Yo me instalé uno cajeando con formón una guitarra con la que me timó Ray Gómez, ahora que tanto se le beatifica.
Cuando todo el mundo estaba maravillado con el novedoso Floyd Rose, los luthieres cobraban una fortuna por su instalación hasta que aprendieron con las primeras víctimas y fueron relajando. Ahora, sucede lo mismo con los trastes de acero; muchos de los que piden trescientos euros ni siquiera los habrán olido, pero se harán una idea exagerada de lo que cuesta mecanizarlos a través del boca a boca y se guardan las espaldas por si se tiran más de lo que creen con cada cliente. Es como los mecánicos de automóviles o los instaladores de calderas cuando sale un modelo con nueva tecnología, unos asistirán a los cursos de capacitación de la marca y otros copiarán los precios de aquellos para no parecer cutres.
Esto es economía de libre mercado y cada cual cobra su tarifa; pero, como dice Juan, te buscas uno que prefiera mantener una parroquia satisfecha y recurrente y pasas del que se vende con halo de místico descendiente de Stradivarius.
Cuando todo el mundo estaba maravillado con el novedoso Floyd Rose, los luthieres cobraban una fortuna por su instalación hasta que aprendieron con las primeras víctimas y fueron relajando. Ahora, sucede lo mismo con los trastes de acero; muchos de los que piden trescientos euros ni siquiera los habrán olido, pero se harán una idea exagerada de lo que cuesta mecanizarlos a través del boca a boca y se guardan las espaldas por si se tiran más de lo que creen con cada cliente. Es como los mecánicos de automóviles o los instaladores de calderas cuando sale un modelo con nueva tecnología, unos asistirán a los cursos de capacitación de la marca y otros copiarán los precios de aquellos para no parecer cutres.
Esto es economía de libre mercado y cada cual cobra su tarifa; pero, como dice Juan, te buscas uno que prefiera mantener una parroquia satisfecha y recurrente y pasas del que se vende con halo de místico descendiente de Stradivarius.
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