Al ver bandas como Angine de Poitrine, que no logran conmoverme, y ante la reiterada búsqueda de cómo sonar bien sin bajo, es que surge en mí esta reflexión:
Esto no es una broma ni una exageración nostálgica. Es una observación: la guitarra no ha desaparecido, pero ha dejado de ser el centro del mundo musical. Ya no es el lenguaje dominante. Hoy convive con máquinas, software y artistas que no necesitan a nadie más para crear.
Las bandas, como estructura, ya no son una necesidad. Antes lo eran: alguien debía tocar el bajo, alguien la batería, alguien la guitarra. Hoy, una sola persona puede hacerlo todo desde un ordenador. Y cuando algo deja de ser necesario, empieza lentamente a desaparecer de la cultura cotidiana.
El bajo es el mejor ejemplo de esto. No ha muerto, pero ha perdido su lugar simbólico. Muchas producciones lo reemplazan por sintetizadores. Muchas bandas simplemente no lo consideran imprescindible. No porque no sirva, sino porque el contexto cambió.
El problema entonces no es el precio de los instrumentos, ni siquiera las decisiones de las grandes marcas. Es más profundo: es un cambio en la forma en que se crea música. Las compañías pueden pelear por diseños o vender instrumentos cada vez más caros, pero eso no reconstruye el ecosistema que hacía que alguien quisiera ser bajista en primer lugar.
Surge entonces una idea utópica: ¿Qué pasaría si los grandes fabricantes decidieran facilitar el acceso masivo al bajo, vendiéndolo casi a costo, como una inversión cultural? No para ganar dinero inmediato, sino para reconstruir el tejido musical que alguna vez sostuvo a las bandas.
Pero incluso esa idea choca con la realidad: el problema no es la falta de instrumentos, es la falta de necesidad de ellos.
La verdadera pregunta no es cómo hacer que vuelvan los bajistas, sino por qué alguien elegiría serlo hoy.
Y tal vez ahí está la respuesta: no se trata de volver al pasado, sino de encontrar un nuevo sentido para tocar juntos en un mundo donde ya no es obligatorio hacerlo.
Esto no es una broma ni una exageración nostálgica. Es una observación: la guitarra no ha desaparecido, pero ha dejado de ser el centro del mundo musical. Ya no es el lenguaje dominante. Hoy convive con máquinas, software y artistas que no necesitan a nadie más para crear.
Las bandas, como estructura, ya no son una necesidad. Antes lo eran: alguien debía tocar el bajo, alguien la batería, alguien la guitarra. Hoy, una sola persona puede hacerlo todo desde un ordenador. Y cuando algo deja de ser necesario, empieza lentamente a desaparecer de la cultura cotidiana.
El bajo es el mejor ejemplo de esto. No ha muerto, pero ha perdido su lugar simbólico. Muchas producciones lo reemplazan por sintetizadores. Muchas bandas simplemente no lo consideran imprescindible. No porque no sirva, sino porque el contexto cambió.
El problema entonces no es el precio de los instrumentos, ni siquiera las decisiones de las grandes marcas. Es más profundo: es un cambio en la forma en que se crea música. Las compañías pueden pelear por diseños o vender instrumentos cada vez más caros, pero eso no reconstruye el ecosistema que hacía que alguien quisiera ser bajista en primer lugar.
Surge entonces una idea utópica: ¿Qué pasaría si los grandes fabricantes decidieran facilitar el acceso masivo al bajo, vendiéndolo casi a costo, como una inversión cultural? No para ganar dinero inmediato, sino para reconstruir el tejido musical que alguna vez sostuvo a las bandas.
Pero incluso esa idea choca con la realidad: el problema no es la falta de instrumentos, es la falta de necesidad de ellos.
La verdadera pregunta no es cómo hacer que vuelvan los bajistas, sino por qué alguien elegiría serlo hoy.
Y tal vez ahí está la respuesta: no se trata de volver al pasado, sino de encontrar un nuevo sentido para tocar juntos en un mundo donde ya no es obligatorio hacerlo.
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