Creo que la guitarra, al menos en su desarrollo más popular, atraviesa una especie de estancamiento técnico que pocas veces se cuestiona de verdad. Y no hablo de falta de talento o creatividad —eso sobra—, sino de las limitaciones autoimpuestas por la mecánica con la que abordamos el instrumento.
Si nos fijamos en la mano izquierda, la mayoría de guitarristas nos movemos dentro de un sistema casi inalterable: índice, corazón, anular, meñique… o su inversión. Estas permutaciones, que en teoría deberían ser solo un punto de partida, se convierten en una especie de dogma. Practicamos patrones lineales, simétricos, previsibles. Y claro, cuando las combinaciones posibles se reducen a unas pocas fórmulas repetidas, también lo hace el lenguaje musical que emerge de ahí.
Esto no es solo una cuestión técnica, sino estética. Si las rutas que recorren nuestros dedos son siempre las mismas, las frases tienden a sonar parecidas, incluso aunque cambie el contexto armónico. Es como si estuviéramos explorando un territorio enorme… pero caminando siempre por los mismos senderos.
La mano derecha —especialmente en guitarristas que usan púa— refuerza aún más esta limitación. La alternancia arriba-abajo, o incluso técnicas más avanzadas como el economy picking, siguen dependiendo de trayectorias muy concretas entre cuerdas. Esto condiciona directamente qué notas “caen” de forma natural en cada cuerda y cuáles requieren un esfuerzo extra. En otras palabras: no todas las ideas son igual de accesibles, y eso termina moldeando lo que tocamos.
Aquí es donde la comparación con el piano se vuelve interesante. En el piano, cada dedo puede accionar una nota de forma relativamente independiente, sin la restricción de tener que “atravesar” físicamente cuerdas o seguir direcciones de ataque. La disposición del instrumento favorece una libertad combinatoria mucho mayor: las permutaciones no están tan atadas a una mecánica lineal o direccional.
En la guitarra, en cambio, la relación entre digitación y resultado sonoro es mucho más rígida. Cambiar una simple permutación puede implicar rediseñar completamente una frase para que sea ejecutable. Y como rara vez entrenamos permutaciones verdaderamente irregulares o “antimusicales” en apariencia (saltos extraños, repeticiones no lineales, combinaciones poco ergonómicas), terminamos descartando caminos sonoros antes siquiera de explorarlos.
Quizá el siguiente paso en la evolución del instrumento no esté en tocar más rápido o más limpio, sino en cuestionar estas bases: romper las permutaciones habituales, entrenar combinaciones incómodas, replantear la relación entre ambas manos y, en definitiva, buscar una técnica que no dicte el discurso musical, sino que lo permita.
Porque tal vez la guitarra no esté estancada por lo que es… sino por cómo la estamos tocando.
Este texto no esta redactado directamente aquí, Es un copy paste de una redacción que tengo entre mis archivos!
Si nos fijamos en la mano izquierda, la mayoría de guitarristas nos movemos dentro de un sistema casi inalterable: índice, corazón, anular, meñique… o su inversión. Estas permutaciones, que en teoría deberían ser solo un punto de partida, se convierten en una especie de dogma. Practicamos patrones lineales, simétricos, previsibles. Y claro, cuando las combinaciones posibles se reducen a unas pocas fórmulas repetidas, también lo hace el lenguaje musical que emerge de ahí.
Esto no es solo una cuestión técnica, sino estética. Si las rutas que recorren nuestros dedos son siempre las mismas, las frases tienden a sonar parecidas, incluso aunque cambie el contexto armónico. Es como si estuviéramos explorando un territorio enorme… pero caminando siempre por los mismos senderos.
La mano derecha —especialmente en guitarristas que usan púa— refuerza aún más esta limitación. La alternancia arriba-abajo, o incluso técnicas más avanzadas como el economy picking, siguen dependiendo de trayectorias muy concretas entre cuerdas. Esto condiciona directamente qué notas “caen” de forma natural en cada cuerda y cuáles requieren un esfuerzo extra. En otras palabras: no todas las ideas son igual de accesibles, y eso termina moldeando lo que tocamos.
Aquí es donde la comparación con el piano se vuelve interesante. En el piano, cada dedo puede accionar una nota de forma relativamente independiente, sin la restricción de tener que “atravesar” físicamente cuerdas o seguir direcciones de ataque. La disposición del instrumento favorece una libertad combinatoria mucho mayor: las permutaciones no están tan atadas a una mecánica lineal o direccional.
En la guitarra, en cambio, la relación entre digitación y resultado sonoro es mucho más rígida. Cambiar una simple permutación puede implicar rediseñar completamente una frase para que sea ejecutable. Y como rara vez entrenamos permutaciones verdaderamente irregulares o “antimusicales” en apariencia (saltos extraños, repeticiones no lineales, combinaciones poco ergonómicas), terminamos descartando caminos sonoros antes siquiera de explorarlos.
Quizá el siguiente paso en la evolución del instrumento no esté en tocar más rápido o más limpio, sino en cuestionar estas bases: romper las permutaciones habituales, entrenar combinaciones incómodas, replantear la relación entre ambas manos y, en definitiva, buscar una técnica que no dicte el discurso musical, sino que lo permita.
Porque tal vez la guitarra no esté estancada por lo que es… sino por cómo la estamos tocando.
Este texto no esta redactado directamente aquí, Es un copy paste de una redacción que tengo entre mis archivos!
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