Conocí a alguien así: un músico increíble, unas manos prodigiosas… pero con una obsesión digna de estudio por todos los que estaban por encima de él.
Esa dedicación al “qué dirán” le llevó a no concretar nada, a no hacer nada y, claro, a no querer involucrarse en nada. Yo, que soy bastante peor que él, no dejaba de meterme en bandas, proyectos, grabaciones… en fin, cosas poco importantes.
El tiempo, como buen juez, acabó separándonos. A veces echo de menos las charlas y el probar equipo, pero cada cual tiene su ritmo: el mío va hacia adelante y el suyo… bueno, es más contemplativo.
Hoy es un guitarrista de dormitorio excepcional (probablemente el mejor que no vas a escuchar en un escenario). Y sí, podría haber hecho grandes cosas, pero prefirió guardárselas para sí mismo.
Yo sé que nunca llegaré a su nivel. Mientras tanto, día a día voy aprendiendo de todos los que me rodean y disfrutando del camino. En él me cruzo con gente maravillosa… y con auténticas obras maestras del hijoputismo, que también enseñan lo suyo.
Al final entendí que esto no es una competición para ver quién toca mejor o peor, sino un juego: disfrutar con lo que haces y, de paso, conseguir que otros también disfruten… incluso los que siempre están demasiado ocupados midiendo quién está por encima de quién.
1
Responder
Citar