Cuando era chaval me apunté al jevi porque así pasaba desapercibido mi tourette, es un género tourette de libro con gente comportándose como pacientes de tourette; y yo ni siquiera sabía aún que lo padecía. Me atraía esa forma compulsiva de expresar rabia y energía hasta que maduré y canalicé mi rabia tocando para mí solo. El metal no es bueno ni malo, solo hay que tener en cuenta que se trata de música y no de una religión, como nos venden los casposos popes del rock patrio desde hace cuarenta años. Esa intención mercantilista de los "bucaneros", "sheriffes", "barandas" y pseudoperiodistas podemitas metidos a dedo como directivos de medios públicos, que nos mete a martillazos bazofia política con la mera intención de vender revistas o tráfico web o mantener audiencias de radio a base de sobredosis de ranciedad inmadura y trasnochada, fomenta la pose machista heteropatriarcal del jevi paleto, semianalfabeto, agresivo, drogata y putero que tan bien viene a los que odian o temen el rock.
Ya escuchaba otros estilos antes, pero maduré y me abrí a muchos más. Ahora escucho, y trato de tocar, rock, jazz, pop, clásico y lo que me agrade y me apetezca sin darle más importancia. Toda la gente que nos metemos a músicos, de cualquier nivel, lo hacemos, principalmente, porque nos gusta sentir nuestra interpretación y apreciar el sonido que generamos. Es cierto que, cuando eres joven, atrae mucho lo de ligar y ser admirado por la pandilla, pero atrae mucho más imaginarte en el escenario de tus artistas más admirados, siendo admirado a tu vez por más gente que tu pandilla. No es malo, forma parte natural del desarrollo del ego personal y de la necesidad de integración; lo malo es crecer como persona y músico creyendo que la pose y la actitud de tribu urbana son casi, tan o más importantes que la música en sí. Ni el rock ni cualquier otro estilo musical es un estilo de vida, pero sí es cierto que las personas que tenemos una sensibilidad afín coincidimos en rasgos de personalidad y gustos artísticos y nos clasifican en estilos. De ahí a que todos los que se maquillan de pazguato con más de veinte años vayan quemando iglesias por decir que adoran a Belfeguznorimator... pues no es cierto; al menos, en España son pocos y poco ruidosos y se limitan a hacer el ganso en los cementerios hasta que los trinca la autoridad competente por vandalismo.
Todos estos estudios sesgados parten de alguien mediatizado por sus propias fobias y aversiones —alguno de su barrio con una camiseta de Ramones le miraría mal de chaval— o de intereses contrarios a los vividores de la religión politizada del rock que usan todo lo que tengan a su alcance para ridiculizarlo solo por desprestigiar a los antes mencionados autoproclamados popes de la libertad y el rock. Podemitas vendiendo rock como política = Vox y PP atacando el rock. No se trata de ciencia sideral.
En los ochenta, un guitarrista argentino sin mucho recorrido pero con un autobombo como solo los argentinos y los franceses saben darse (se trata de una habilidad admirable por la destreza con la que saben venderse y que en España nos haría buena falta) llamado Guillermo Cazenave, decidió tirar por la pseudoliteratura pseudocientífica new wave y escribió sobre estudios supuestamente realizados por expertos que demostraban que la distorsión de las frecuencias trikitroki de la gama alfabetasolenoide de la guitarra de rock nos transformaba en poco menos que primates agresivos. Claro, todo el pijerío progre de la época que arrasaba las estanterías de Kier, Arkano, la Librería Argentina y la sección de magufia de Espasa-Calpe era presa de estas chorradas inventadas para sacarles el boniato; pero caló. Recordemos cómo una turbia secta setentera (estuve dentro golismeando y salí disparado) llamada La Comunidad (de Silo, otro argentino, genios) superó los escándalos hasta transformarse en un partido político (Partido Humanista) con mensajes furibundos contra el rock como herramienta de degeneración; y siguen entre nosotros.
Tenía yo ganas de echarme a la cara al tal Cazenave cuando, en 2005, corralito mediante, se nos presenta en la redacción/emisora del ministerio del rock; sí, volvieron a engancharme diez años después para montarles el entonces pionero chiringuito radioweb que tienen ahora. Con una mano delante y otra detrás, como tantos otros compatriotas que huían de aquella triste ruina, vino a suplicar trabajo y contactos al "baranda", un faro en la oscuridad al que recurrían los argentinos y venzolanos según ponían un pie en Madrid. Le pregunté, ¡al fin!, que cómo se atrevía a recurrir al primer ministro del rock (se tiene por tal) si tanto odiaba el rock. Desconocía sus andanzas posteriores porque, sinceramente, me la traía al pairo. Resultó que había grabado rock progresivo (autodenominado así seguramente por que se apreciaba alguna progresión de acordes) para introducirse en la mercachiflería new age de los noventa. Con toda la desfachatez del mundo, y se proclamó acérrimo defensor del rock como su única verdadera luz actual mientras mendigaba curro y casito. Pues, como aquellos estudios, los de ahora.
Existen estudios realmente científicos y realmente realizados en laboratorio, no en la imaginación de un oportunista, que demuestran correlación entre rock complejo y creatividad y entre pop y rock simples y disfunción de las capacidades de retención, comprensión y razonamiento de conceptos y comportamientos relacionados. Parece ser que, el rock elaborado con cierta complejidad armónica y el jazz potencian el desarrollo neuronal en muchas capacidades, superando incluso a la música clásica tradicional; exceptuando Bach y Mozart, vitaminas sonoras para el cerebro.
Aprovecho para declarar mi sincera admiración por la habilidad de los argentinos en su personal concepción del marketing y su inaudita capacidad de adaptación y reinvención continua. ¿Queréis resiliencia? Uruguayos y argentinos, y también los paisanos del que conducía el Peugeot.
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