EBR escribió:
La vi de niño y me perturbó tanto como de adolescente y de adulto
Agradezco a mi padre, más que a mí madre, entre otras cosas (como el apellido) que priorizara el arte y las ideas a los bienes materiales. Añadía muchos juicios a todo, todo tenía un valor, pocas veces negativo.
Así, los Ibánez (Serrador y Menta) eran recibidos como los maestros de lo siniestro, que, lejos de evitarse y evitárnoslo, se nos daba con la misma naturalidad que el Colacao o el Calcium 20.
De pequeño era muy crítico, no aceptaba a Dios por todopoderoso y barbas (los dorados no me han hecho nunca tilín ni en los herrajes de los instrumentos), ni me dejaba asustar por lo primero que veía. Eso me facilitó comprender el terror gótico y, años más tarde disfrutar de los excesos del terror o del erotismo.
A Ibáñez Serrador me lo describían en casa como el que había sido autorizado a ir más allá en aquella España pudibunda y censurada, que era justo lo que había conseguido Chicho.
Gracias a esas recomendaciones educativas de mis padres entendí el valor de la licencia en el arte y en la vida. La mayoría de los del colegio tenían coche en casa e iban mejorando de dinero, y en el resto de mi familia ya ni hablamos, me sentía un niño algo más pobre con un padre funcionario sin ambiciones materiales. Con el tiempo me di cuenta que lo que tuve era un tesoro. Cai en la cuenta que el arte o viajar a Budapest sin relato previo era perderse mucho detalle y, lo peor, mucho porqué.
Mi madre era muy inteligente y no pudo estudiar en aquellos años, la guerra y sus horrores le hicieron mella siendo muy niña, tenía muchos traumas la pobre, al menos nos transmitió su devoción por los poetas románticos y lo oscuro que hay hasta bajo la apariencia de luminoso. La pena es que no tenía sentido del humor.
Pero, como me dijo un día un cliente: follar no se ha inventado en los 60.
Chicho, un personaje imprescindible. Y, habiendo traído a colación a Chicho y a los niños, ¿ya conocéis el chiste de la lápida del neonato?