#45 Amplío la línea de tiempo en España. Durante los setenta, la industria discográfica aún se estaba reorganizando para explotar productos que no pudieron escucharse antes por la censura: que la cantante lleva una minifalda muy mona pero muy mini, que el pavo marca paquete en la portada, que los cuatro del grupo llevan crucifijos demasiado grandes y parece que lo hacen con ánimo de burla, que si los pelos de ellos eran muy largos, que si los pechos de ellas van abriendo puertas y mil objeciones más de gente que tenía su interés más centrado en gustos y aficiones personales más reprobables que aquellos que pretendían defender.
Lo uno por lo otro y la casa sin barrer, pasaron los sesenta y las centrales de las multinacionales recién instaladas tiraban de la manga continuamente a sus filiales locales para colocar en los medios los artistas que venían funcionando muy bien en el resto del mundo, si no Europa. Comenzamos a disfrutar de prensajes cutres de Pink Floyd con portadas de papel de fumar y encartes con las letras traducidas por secretarias que no sabían inglés muy buenamente. Esto es España y ya estableció Fraga que
Spain is different; su nueva ley de autocensura, vendida como mayor libertad de prensa, permitía publicar lo que te apeteciera sin filtro, peeero allá tú con lo que publicabas porque te secuestraban la edición completa o te detenían y juzgaban por los mismos delitos que con con la ley anterior o te venían un comando incontrolado de hijos de bienpensantes y te quemaban el kiosko o la librería contigo dentro. ¿Solución? Inventarte las partes de las letras que podrían traerte el infierno en bloque. Gozamos de traducciones delirantes que no tenían ni pies ni cabeza, traducciones literales y traducciones libres de ser muy libres, despojadas de toda coherencia entre párrafos. Vamos, como el free jazz más porrero, pero en letras.
Comenzaron a asomar el hocico los melenudos extranjeros cantando cosas tan "raras" que no hacía falta censurarlas porque eran ininteligibles, como cantar sobre el humo en el agua después de un incendio o cerdos volando o un dragón rodeado de humo que ofrece pastillas de colores.
En este ambiente, surgieron talentos cándidos y eurovisivos como Karina, Micky y los Tonis y una ristra de chicles de fresa pop con textos tan inofensivos como edulcorados para todos los públicos que contrarrestaban el efecto pernicioso de los rockeros. Detrás de la candidez había una realidad, la casa de Karina era una fonda por temporadas donde coincidían varios de los artistas que despuntaban, el propio Albert Hammond recalaba allí durante meses componiendo para artistas de Hispavox, la disquera nacional más activa del momento. Uno de los fondeados habituales era Tony Luz, guitarrista de Los Pekenikes, con quien se casaría después. La pensión expandió su alcance a estudios de grabación y vida nocturna y, de este crisol con aroma a fresita y regalices, surgieron singles que rompieron registros de ventas dentro y fuera de España.
Traigo a colación este episodio de la España rosita para explicar cómo nuestra industria patria fue un esperpento en sí misma. Con algunos éxitos justificados y, el resto, un catálogo pleno de horterada chirriante.
Retomando el comienzo del ladrillo, hemos disfrutado de portadas distintas a las publicadas en el resto del mundo por púdico rubor sotanero y, para asombro de todos cuando las versiones originales comenzaron a aparecer durante los ochenta, con el arte gráfico mutilado para ahorrar costes de impresión y evitar las imágenes multirraciales de chicas desnudas en el suelo (todo mal) o paquetones cargando a un lado, como los toreros (esos tenían patente de corso para hacer lo que les apeteciera) rivalizando en longitud y grosor con los tupés o melenotas.
También se dieron casos de mera incompetencia técnica, como la portada del
For those about to rock de AC/DC, que venían a comprar tiendas y coleccionista de todo el mundo porque los colores fueron impresos a la inversa y sin estampado. El ejecutivo avispado de Warner que recibió los fotolitos que incorporaban una quinta tinta (la metalizada) no supo comprender nada y envió todo sin indicaciones a la imprenta. A mi hermano le repitieron la jugada a comienzos de los noventa con nuevo timonel: Íñigo Zabala, exteclista de La Unión. Warner España siempre ha sido conocida como un nido de cayetanos sin aprecio especial por la música, pero auspiciados y pastoreados por Saúl Tagarro (capo patrón de AFYVE; los creadores de la lista de éxitos
invent donde se fabrican en laboratorio los discos de oro, platino y caca) para pagar simpatías de familias muy influyentes en diversos sectores de la economía nacional (Bosé, Díez, Vañó, etc.). Tras el éxito de la portada de
Los reyes del rock —doble álbum recopilatorio que me encargó Zabala y en el que solo me dejaron incluir temas de la casa para evitar incurrir en regalías a la competencia— que aerografió poco antes, le encargaron la del
A cara o cruz de Ángeles del infierno. Claro, mi hermano venía de escuchar solo a Sergio Mendes, Mina, la Streisand o la Vanoni y se hacía pinza en la nariz con el rock; yo tenía que crear el concepto muy definido para que él pudiera plasmarlo sin salirse del boceto y no dejarme mal después de haberlo recomendado (mi único caso personal de nepotismo y cómo me arrepentí). Pues allá fuimos, puse un casco de Madelman a un esqueleto de anatomía minúsculo y le dije
"Ahora vas y te inventas una alambrada sobre la que cae el sobrino del licenciado Cabra este, todo muy miliciano de Capa". Todo iba estampado y solo con quinta tinta de metal dorado porque añadir plata para el alambre de espino ya subía mucho el presupuesto. Sale el disco y descubro que el dúo dinámico (Zabala/Tagarro) había restringido la factura a la cuatricromía plana convencional sin dorado y sin ajustar los márgenes de silueta que evitan la merma de la matriz del estampado. Los resultados, para la historia: UNNA MIERRRDDDA como el sombrero de un picaó. El grupo la vio y dijo que muy bien, pero les expliqué el asunto y se quejaron en la central de Latino en Miami, de donde dependían: en Warner dejaron de encargarme trabajos.
Y así, todo; una industria en manos de contables y sin creativos al mando. ¿Qué puede salir mal? Mika.