#390
No lo veo como tú ...creo.
Si el niño es mío ya me encargo yo de enseñarle como se debe comportar. Así evito que pueda molestar y que aprenda a comportarse y a saber respetar. Si no lo cumple, actúo en consecuencia. Sin demora. Demasiados padres sueltan a los niños como a los perros en el parque o en el monte. Dan por culo y no tengo ninguna necesidad ni obligación de aguantarlos. El niño es niño, pero a sus padres hay que hacérselo saber. Si todos nos aplicásemos esta doctrina, se conviviría bastante mejor y se molestaría mucho menos. Y no lo digo solo por los niños porque son niños. Cada vez hay más adultos que se comportan peor. Y eso no ayuda en nada a vivir en sociedad.
#399 Los niños, el gran mal de nuestro tiempo. No, secundo tus palabras, también; la pedagogía en el seno de la familia no existe desde que se deja al peque conectado al televisor, al ordenador y, ahora, al móvil. Los valores que se transmiten, por mero mimetismo, son egoístas y yo yo yo primero y nada para el resto porque soy el mejor. La razón iba ganando terreno hasta que los brutos regresaron por sus fueros. La urbanidad, el respeto y la piedad/solidaridad son cualidades denostadas; bien para evitar problemas con los brutos, bien porque la gente está embrutecida.
Sigo en mi cruzada por conseguir que los niñatos y gente con costumbres egoístas cedan el asiento en los lugares y transporte públicos; a veces me ha costado un disgusto, en ese nivel nos vemos.
#401
Abriendo un melón nuevo: ¿no tendrá algo que ver que la gran mayoría de las madres de antaño se dedicaban en exclusiva al cuidado y la educación de sus hijos/familia y ahora tienen que lidiar con un trabajo la mayor parte de su tiempo que les impide tal dedicación?
#403 La educación de la familia se transmite por mimetismo a los niños cuando no se hace de forma oral y expresa. Si el niño es un acémila, los padres son acémilas o, como, poco descuidan la observación del comportamiento de su pequeño hijo de puta.
#404 En el bingo, con las abuelas, como los hermanos de Castro.
#400 tengo por costumbre darme una vuelta cuando me apetece, sin que me lo indique un mal aprendiz de dictador.