Los fabricantes de accesorios inundan sus catálogos con invenciones que duran lo que los cuatro enajenados del GAS de lo menudo tardan en comprarlas, defraudarse y viralizarlo dejando patente su descontento por toda internet. Las correas son un nicho de mercado en el que hacen presa algunos iluminados con productos que destacan por lo estrambótico de su diseño o construcción más que por su utilidad real. En otros casos, su funcionalidad aporta beneficios reales para el músico, a pesar del diseño heterodoxo al que obliguen sus virtudes. Burbujas de aire, neopreno, rellenas de gel o espuma viscoelástica, lascas de madera, seda de paracaídas, paño de txapela, tejido de sotana, con baliza V16 o NAM2 y demás ocurrencias ad nauseam.
Se reparten el ring marcas tradicionales —Ernie Ball, D’Addario, Levy's, RightOn— y otras menos populares —Neotech, Singer, Coach, Tigerwood— o las tropecientas de Aliexpress y Etsy, como KLIQ, Lekato, ChinChón, etc. Muchas se copian entre ellas y solo abundan en el uso de acolchados de neopreno, complicando uno de los problemas principales: la sudoración. El neopreno es elástico y facilita colgarte del hombro una guitarra o bajo como una mesa durante un ensayo o concierto; pero fue ideado para cubrirte dentro del agua o en condiciones térmicas adversas, no para calzártelo a treinta grados. Lo mismo ocurre con las burbujas de aire, que suelen venir embutidas en sucedáneos de neopreno más calentitos aún. Las espumas al alirón que no transpiran y los materiales supuestamente diseñados por la NASA —la piedra filosofal de los vendehumos industriales— que se estropean sin solución de arreglo empeoran el desfile de falsos remedios.
Además, la mitad están fabricadas en Asia y la otra mitad en EE. UU. con pieles que deben ser de vacas espaciales criadas a los pechos de los ingenieros de la NASA, porque cuestan un congo. Los compañeros que elaboráis correas sabéis que sus precios no están avalados por su calidad, en la mayoría de los casos, y que una correa artesanal hecha con destreza por un paisano puede superarlas con creces.
Por requerimientos de mi espalda, me deshice de las prácticas DiMarzio de nailon atornilladas de mi juventud. He probado muchas y me detuve en Neotech, pero la calorina que dan es insoportable, además de la pieza de plástico trasera que rasca el omóplato y destroza camisas. Hace poco menos de dos años descubrí las RightOn y reemplacé progresivamente todas las correas que tenía por las suyas porque son muy buenas, muy cómodas, muy bonitas y no me vacían el presupuesto. Tienen un modelo cruzado de doble correa para repartir el peso sobre ambos hombros, pero no me hice a ella por cuestiones personales. Sin embargo, las que me sientan fetén son las de bajo de ocho centímetro de ancho acolchadas con espuma viscoelástica "transpirable": otro mundo. Uso su modelo transpirable —tengo unas en rojo Burdeos y otras en negro— y puedo tocar durante horas de pie o sentado sin que el hombro se me descuelgue en huesos para el cocido. Incluso la Sandokan negra acolchada parece que no transpira, pero sí lo hace y se seca en pocos minutos.
Compré una de esas que se colocan en la cintura y pasaba todo el rato ajustándola de nuevo porque se me deslizaba, Cuando mi metabolismo cambió, la barriga comenzaba a hacer imposible usarla, lo poco que podía usarla por incómoda. Otro punto negativo es que me arañó una LP Custom negra por detrás, y yo no vestía cinturones de tachas como Sykes.
Tuve ocasión de probar una Gordo de madera, de Tigerwood, cuya comodidad cacarean los enterados —aunque ninguno las lleva— y no me pareció ergonómica. Puesta en tu casa sale por más de 150 € y lo único distintivo es que está construida con piezas de madera. Si eres John Entwistle o Chuck Panozzo, que tocas durante dos horas como un poste de la luz, puede que te duren; si eres un músico que se mueve algo por el escenario, las gomas no llegan muy lejos. No veo a Sarzo o Malmsteen usándolas.
Y ya pasamos a las estravagancias que ni son ergonómicas ni aportan nada más que aspecto... ¿distinto? Desde las que van a juego con los cintos de balas ochenteros —ese Fast Eddie Clarke y esos Muro y esos Mazo— hasta los clavos de Kerry King, Venom, Gwar y resto de metaleros extremos, pasando por los peluches de Gibbons, los espejitos de Paul Stanley y las comadrejas muertas de Nugent, podemos repasar los complementos de guarnicionería musical más grotescos y divertidamente innecesarios desde que Beethoven no escuchó a su mujer que se pusiera los pantalones y se fue a dirigir en calzoncillos de cuero.
¿Dónde se encuentra el límite entre lo útil y lo pajarero?
Se reparten el ring marcas tradicionales —Ernie Ball, D’Addario, Levy's, RightOn— y otras menos populares —Neotech, Singer, Coach, Tigerwood— o las tropecientas de Aliexpress y Etsy, como KLIQ, Lekato, ChinChón, etc. Muchas se copian entre ellas y solo abundan en el uso de acolchados de neopreno, complicando uno de los problemas principales: la sudoración. El neopreno es elástico y facilita colgarte del hombro una guitarra o bajo como una mesa durante un ensayo o concierto; pero fue ideado para cubrirte dentro del agua o en condiciones térmicas adversas, no para calzártelo a treinta grados. Lo mismo ocurre con las burbujas de aire, que suelen venir embutidas en sucedáneos de neopreno más calentitos aún. Las espumas al alirón que no transpiran y los materiales supuestamente diseñados por la NASA —la piedra filosofal de los vendehumos industriales— que se estropean sin solución de arreglo empeoran el desfile de falsos remedios.
Además, la mitad están fabricadas en Asia y la otra mitad en EE. UU. con pieles que deben ser de vacas espaciales criadas a los pechos de los ingenieros de la NASA, porque cuestan un congo. Los compañeros que elaboráis correas sabéis que sus precios no están avalados por su calidad, en la mayoría de los casos, y que una correa artesanal hecha con destreza por un paisano puede superarlas con creces.
Por requerimientos de mi espalda, me deshice de las prácticas DiMarzio de nailon atornilladas de mi juventud. He probado muchas y me detuve en Neotech, pero la calorina que dan es insoportable, además de la pieza de plástico trasera que rasca el omóplato y destroza camisas. Hace poco menos de dos años descubrí las RightOn y reemplacé progresivamente todas las correas que tenía por las suyas porque son muy buenas, muy cómodas, muy bonitas y no me vacían el presupuesto. Tienen un modelo cruzado de doble correa para repartir el peso sobre ambos hombros, pero no me hice a ella por cuestiones personales. Sin embargo, las que me sientan fetén son las de bajo de ocho centímetro de ancho acolchadas con espuma viscoelástica "transpirable": otro mundo. Uso su modelo transpirable —tengo unas en rojo Burdeos y otras en negro— y puedo tocar durante horas de pie o sentado sin que el hombro se me descuelgue en huesos para el cocido. Incluso la Sandokan negra acolchada parece que no transpira, pero sí lo hace y se seca en pocos minutos.
Compré una de esas que se colocan en la cintura y pasaba todo el rato ajustándola de nuevo porque se me deslizaba, Cuando mi metabolismo cambió, la barriga comenzaba a hacer imposible usarla, lo poco que podía usarla por incómoda. Otro punto negativo es que me arañó una LP Custom negra por detrás, y yo no vestía cinturones de tachas como Sykes.
Tuve ocasión de probar una Gordo de madera, de Tigerwood, cuya comodidad cacarean los enterados —aunque ninguno las lleva— y no me pareció ergonómica. Puesta en tu casa sale por más de 150 € y lo único distintivo es que está construida con piezas de madera. Si eres John Entwistle o Chuck Panozzo, que tocas durante dos horas como un poste de la luz, puede que te duren; si eres un músico que se mueve algo por el escenario, las gomas no llegan muy lejos. No veo a Sarzo o Malmsteen usándolas.
Y ya pasamos a las estravagancias que ni son ergonómicas ni aportan nada más que aspecto... ¿distinto? Desde las que van a juego con los cintos de balas ochenteros —ese Fast Eddie Clarke y esos Muro y esos Mazo— hasta los clavos de Kerry King, Venom, Gwar y resto de metaleros extremos, pasando por los peluches de Gibbons, los espejitos de Paul Stanley y las comadrejas muertas de Nugent, podemos repasar los complementos de guarnicionería musical más grotescos y divertidamente innecesarios desde que Beethoven no escuchó a su mujer que se pusiera los pantalones y se fue a dirigir en calzoncillos de cuero.
¿Dónde se encuentra el límite entre lo útil y lo pajarero?
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