Historia de rock español

#1 por MiguelCt el 15/11/2010
LOS INICIOS DEL ROCK EN ESPAÑA

La llegada del rock a España fue todo lo peculiar que se puede deducir de una situación política como la que padeció este país entre 1939 y 1975. El régimen de Francisco Franco defendió un sistema de aislamiento internacional que efectivamente aisló a este país a todos los niveles durante gran parte de la posguerra. Como esta apuesta autárquica carecía de sentido, el dictador rectificó de postura y empezó a buscar aliados en el exterior. Europa no quería saber nada de una nación donde la democracia era ciencia-ficción y el general acudió a la Argentina de Eva Perón y los siempre presentes Estados Unidos.
El gigante americano negoció duro y vendió muy cara su complicidad con la dictadura militar. Los acuerdos se firmaron en 1953. De salida, España quedó fuera del plan de ayuda a las naciones europeas para la reconstrucción del continente tras la II Guerra Mundial. Pero además, EE.UU., certificó su espíritu expansionista con la instalación de las bases militares en España.
Paradójicamente, el desembarco de los soldados norteamericanos fue un impluso definitivo para el rock and roll en España. Hasta ese momento los sonidos de los pioneros (Billy Halley & His Comets, Chuck Berry, Elvis Presley, etc,) habían llegado con cuentagotas, gracias a la labor heróica de algunos locutores de radio como Angel Alvarez. Los discos se importaban de forma artesanal, como si de aunténticas valijas diplomáticas se tratase –en algunos casos eran los pilotos de iberia quines se traían los microsurcos del extranjero anglosajón-.
Los primeros solistas y grupos que probaron a hacer rock and roll en España pertenecían por lo general a familias de cierta posición social, que podían costearse instrumentos musicales. Eran ellos quienes escuchaban en los guateques los EPs y singles de quienes primero hicieron r’n’r en castellano: los mexicanos. De todos los nombres que sacudieron las tierras aztecas a finales de los 50, un nombre impactó en nuestro país por encima de los demás: los Teen Tops. El cuarteto de Enrique Guzmán había desmostrado que se podía cantar en lengua castellana y la veda quedaba abierta.
La influencia del primerizo rock británico, francés e italiano caló en diferente medida según la zona geográfica, lo que dotó de matices a los distintos conjuntos según su procedencia. Aún así , el desconocimiento de los idiomas era una carga demasiado fuerte como para no cambiar las referencias por la única conocida que se expresaba en la lengua del Estado. España era por entonces el reino de la canción melódica más rancia y previsible, promovida desde las instancias oficiales mediante los festivales de la canción. La otra alternativa había que buscarla en la copla, reserva espiritual de una manera de enterder la música que no pasaba del folclorismo y los clichés. El enemigo a batir era por lo tanto un tótem artístico con pies de barro. Resultaba inevitable que el rock and roll sacudiera las conciencias y los cuerpos y se añuedara da las vidas de los jóvenes urbanos de mediados de los 50.
De 1955 a 1960 la situación mejoró progresivamente, y con ella las posibilidades de un ocio alternativo al existente –el cine y poco más-. Gracias al efecto benéfico del turismo y las divisas enviadas por los emigrantes españoles de Centroeuropa, España conoció un crecimiento inesperado de su renta per cápita, al tiempo que abrió su mente a la influencia de “lo extrajero”. Ser “ye-yé” ya estaba al alcance de cualquiera, e incluso se convirtió en una moda. Claro que como “ye-yé” se entendía casi todo: desde el Dúo Dinámico –los Everly Brothers españoles- hasta Concha Velasco parodiando un género al que supuestamente debería honrar. Rock and roll o rockabilly, lo que se dice rock, lo hubo acuentagotas. Hasta la aparición de The Beatles, el grupo favorito de nuestros pioneros fue The Shadows. Tanto sus piezas instrumentales como las cantadas ganaron terreno frente a Elvis o los salvajes músicos negros y blancos al estilo de Little Richard o Carl Lee Perkins. Otro Richard, el líder de los The Shadows, Cliff Richard, fue el primer ídolo de nuestras abuelas o madres.
La mejor demostración de por dónde iban los gustos musicales en España la encontramos en el aplastante éxito de Manolo y Ramón, el Dúo Dinámico. Su triunfo masivo dió pié al primer fenómeno de fans en nuestro país. Fue así como los gustos mayoritarios consagraron a la pareja menos “rockera” de cuantos “rockeros” optaban al trono. Otro fenómeno curioso fue el de las chicas “ye – yé”. Las féminas que más calaron en la sociedad española fueron Gelu y sobre todo Karina, la Brenda Lee española. En estos tiempos de torpe iniciación también existió una cierta confusion entre la naturaleza del twist –el rimto de baile que más arrasaba-, y el genuino rock and roll. Más tarde vino la “La yenka”, pero ni una ni otra danza eran la solución. Sólo el tiempo logró enseñar a los mozos españoles lo que de verdad significaba el r’n’r.

“ Y esto, ¿dónde se enchufa?”

Los instrumentos de los primeros músicos nacionales eran tesoros sólo al alcance de unos priviligiados. Extraoficialmente, la primera guitarra eléctrica que hubo en España se localiza en los créditos del grupo Los Estudiantes, en el que militan unos jovencísimos Pepe Barranco y el entonces batería Fernando Albex. Barranco era un vocalista que rendía pleitesía a Elvis, aunque poco a poco la emulación dejó paso aun estilo más personal. Grabaron tres EPs de puro rock and roll de los 50 y participaron en otras tantas películas. Desaparecieron tras la accidentada muerte de dos de sus componentes.
Otros estudiosos del rock español señalan a Kurt Savoy como el primer guitarrista eléctrico de nuestra escena. Savoy fue un curioso personaje que comenzó como rocker y terminó siendo conocido con el sobrenombre de “ el rey del silbido”. Su verdadero nombre era Francisco Rodriguez, procedía de Jaén y ya en 1960 grabó el tema “Full And Rock”.
Aquí y allá surgieron los llamados “conjuntos”. Esta vía de escape para la juventud de nuestros padres era menos peligrosa: chicos aseaditos, con el pelo bien cortado y emulando a sus ídolos con una moderación típicamente española. Prácticamente todo los grupos pasaron por el mismo proceso. Su iniciación nunca se producía con temas originales, sino con versiones en castellano de los temas que arrasaban en Francia, Italia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Cuando los jóvenes músicos trataban de dar salida a sus inquietudes musicales tenían que “lidiar” con la figura del director artístico, que les imponía las canciones de un autor contratado al efecto. La figura del productor no existía como tal.
Cada compañía tenía sus propios “maestros”, compositores prefesionales con gran capacidad de adaptación a las modas del momento. Este bloqueo fue el causante de que la emancipación artística de los conjuntos españoles de los 60 sufriera un notable retraso. Su “liberación” sólo llegó cuando demostraron que podían superar las limitaciones de las versiones con sus propias músicas y letras.
Los ensayos se hacían en las casas particulares, los garajes de los papás o incluso en los colegios donde estudiaban los músicos en cuestión. Hasta los guardamuebles servían para juntar a varios conjuntos y dar salida a sus entretenimientos privados. Las tiendas de instrumentos hacían lo que podían frente a la demanda de guitarras y bajos eléctricos. A fin de cuentas, habían pasado de vender bandurrias para la tuna a comercializar guitarras importadas y rudimentarios amplificadores. Los jóvenes que no podían costearse su compra tenían dos opciones: o pagar a plazos, o fabricarse sus propios equipos con piezas prestadas o de segunda mano.
El formato “estrella” era el EP, un vinilo de cuatro canciones, del que había que vender un buen número de copias se se prentendía grabar un flamante “long-play” o LP. Las compañías solían imponer el repertorio a versionar, dejando la cara B de estos primitivos ‘maxis’ para que los músicos liberasen sus aspiraciones musicales de autor.El primer conjunto en registrar un disco de larga duración fue Los Sonor, formación por la que pasaron futuros músicos de Los Bravos y que terminaría acompañando a Miguel Ríos cuando aún era “Mike”. Corría el año 1964.
En cuanto a las unidades de grabación, dos pistas era lo usual, cuatro un lujo al alcance únicamente de los grandes y seis un milagro exclusivo de los técnicos italianos y sus hábiles trucos de estudio.

Había una vez…..

A medida que crecía el movimiento de música ‘pre-beat’ se fueron venciendo los prejuicios del poder establecido, que de alguna manera toleraba este entretenimiento inocuo. Sólo así se explica el espejismo de las matinales del Price, un oasis de cordura que dio lugar al primer gran mito del rock español.
El Price era un circo permanentemente situado en pleno centro de Madrid. Se trataba de una imitación fidelidna de las matinales del teatro Olimpia de París, en las que varios grupos actuaban de forma consecutiva a modo de muestrario musical de actualidad. Como en los festivales de hoy en día, pero con recitales muchos más cortos.
El toque genuínamente al local se lo daba la inclunsión de artistas de variedades que poco o nada tenían que ver los conjuntos. Esta nota de color –o frivolidad, según se mire- permitía que cómicos, actrices y caras conocidas del mundo del espectáculo participaran de la ceremonia rockera con total normalidad. En el fondo era una forma de, por así decirlo, “cortar el rollo” y que la euforia no durase más de lo debido. Aun así, se hacía dificil controlar la pasión que despertaban los contagiosos ritmos del rock and roll.
Una orden de cierre acabó con la diversión mañanera, corfimando el recelo que ya empezaba a despertar la música moderna de raíz anglosajona. La prensa del Moviemiento puso su grano de arena para hundir el cotarro. Los chicos y chicas que iban al Price se lo pasaban “demasiado” bién para los intereses del franquismo. Lo demostraban las fotografías de convulsos bailarines del twist… “en plena calle y a sólo cien metros de las cibeles” como afirmaban algunos titulares.
El primer festival se celebró el 18 de noviembre de 1962, alcanzando sus sesiones hasta dos años depués. El creador de la idea fue el locutor Miguel Angel Nieto, quien además de coordinar la organización se encargaba de presentar a los invitados. Por su escenario transitaron conjuntos hoy completamentes olvidados y otros precursores que aún sobreviven.
Que no pare le música.

Cuando el Price se cerró, los conjuntos volvieron a las pequeñas sala. Una de las míticas fue la madrileña Nikas, que pertenecía al director de cine norteamericano Nicholas Ray. En la capital también destacaban el Castelló Club y el Club Consulado. En Barcelona, lo mejor de las noches estaba en el San Carlos Club. También allí existió un Price, pero con una relevancia menor que el de Madrid.
No había locales de conciertos como los que conocemos, sino una peculiar variedad de escenarios digamos…”extraños”: salones de actos de los colegios, terrazas de los hoteles o paradores, boites –lo equivalente a los actuales ‘pubs’- o cualquier pista de baile donde hubiera enchufes cerca. Las salas de fiesta imponían con frecuencia sesiones maratonianas de varias horas de actuación, como si de orquestas de animación se tratase. Los días de conciertos no eran tales, sino fechas contratadas en función del ocio de la clientela. Los más aventureros incluso se embarcan en barcos de crucero para animar las veladas de sus distinguidos pasajeros. La mayoría de edad se ganaba a los 21 años y además era la España de “a las nueve en casa”, así que las matinales se conviertieron en la fórmula más pupular. Los domingos a misa, luego a ver Los Pirex o Los Telecos, de allí a la mesa familiar para no levantar la vista del plato.
Como es lógico, los conciertos poco tenían que ver con lo que se celebran actualmente. Para empezar, las actuaciones no se llamaba así, sino “recitales” o “sesiones”. Su duración nunca alcanzaba la hora y media seguida; muy al contrario, la norma era parar a mitad, descansar durante unos minutos y continuar con el repertorio hasta que el público se cansara. No existía esa liturgia típicamente rockera del bis: “me voy, el público me reclama y vuelvo para tocar dos o tres canciones más”.
Con frecuencia los emolumentos eran sólo testimoniales.Para ganar algo dinero los músicos debían tocar varias horas seguidas, con o sin paradas intermedias entre sesión y sesión. Tocar la guitarra resultaba pues un puro “hobby”, muy alejado del profesionalismo. Para acceder a éste, el Sindicato Vertical, exigía el aprobado de un examen oficial obligatorio. Aquellas que lo pasaban recibían un carnet de artista “homologado”, con el que ya podían empezar a ganar dinero de forma legal.
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Este es el primero de varios articulos que iré poniendo.. Si hay alguna sugerencia para que los articulos se vean mejor o poder exportarlos directamente de Word o PDF os lo agradecería.

Salud y rock and roll¡¡:)

soy un albañil de las seis kuerdas

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#2 por Thorin el 15/11/2010
Buen trabajo compañero!!

+1 bien merecido por este pedazo de curro!!

Salud!!

Do, re, mi, fa, sol, la, si, el abecederario universal, con ellas nos entendemos todos...por fin hay un modo

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#3 por ithosu el 15/11/2010
Gracias por el artículo Ilazky, +1 para vd.!

BETTER CALL SAUL!!

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#4 por javinatas el 17/11/2010
Interesantísimo colega.
Esto puede que de para un programa de radio, te lo robo!!!!!!!!
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#5 por MiguelCt el 17/11/2010
Muchas gracias, esto me anima a seguir escribiendo...:yahoo:

soy un albañil de las seis kuerdas

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#6 por Oscar SJ el 19/11/2010
Gran trabajo, se agradece mucho el currazo!!!!
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